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Crónicas CULTURA & CONTRACULTURA |
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viernes, 04 de julio de 2008 |
Crónicas CULTURA & CONTRACULTURA por Martín Bentancor
«Crónicas Cultura & Contracultura- El Uruguay del Futuro» de Ramón Legnani, 202 páginas, Imprenta La Canasta, San José, abril de 2008. Observador, estudioso, sagaz, experiente, el Dr. Legnani vuelca en la pluma diaria sus pensamientos y reflexiones sobre temas variados, muchos de ellos verdaderamente acuciantes, reflejo de la realidad nacional como las crónicas que apuntan al Uruguay del futuro y, también, aquellos que hacen a la problemática del orbe v.gr. «Economía y Pobreza», «La Globalización», «Cambio Climático», entre otras. Asimismo, la realidad y potencialidad comarcana, sus historias, sus figuras, lo que hay que preservar y defender animan, con fervor lugareño, preciosas páginas que rescata de su quehacer periodístico. Dice certeramente en el prólogo el Dr. José María Ferrari Goudschaal: «Sus brillantes y removedores artículos los califico, aún a riesgo de rozar su natural modestia, de verdaderos ensayos. Por la libertad con que escoge sus temas en el amplio panorama del diario vivir, por la densidad y hondura de su pensamiento, el esclarecimiento de los hechos analizados con rigorismo lógico y su mensaje moral lúcido y valiente, siempre comprometido con el sufrimiento humano, teñido en ocasiones de desesperanza, aunque latente siempre su mensaje de optimismo vital y contagioso, con fe en un futuro superior y redimible para los más desposeídos.»La Cultura «Light»
Decíamos, comentando el «Informe sobre Percepción de Exclusión y Discriminación»: «Uno de los aspectos más sorprendentes es la cantidad de personas que -en palabras de Gustavo Leal- «tiraron la toalla» ante la falta de oportunidades integradoras que ofrece la sociedad uruguaya. Casi un 42% de la población, cifra que equivale a medio millón de personas, asegura no haber tenido nunca la oportunidad de integrarse a la sociedad». Esa desesperanza en lograr un futuro mejor, subyace en amplios sectores de la sociedad uruguaya y contribuye a explicar la tendencia a emigrar, la dificultad para elaborar planes a futuro, la imposibilidad de asumir compromisos de largo aliento, el aumento de los divorcios, la drogadicción, entre otros factores.
La fractura social está íntimamente vinculada con la pérdida de funciones de la familia. Hacia fines del siglo XIX y primer tercio del siglo XX, se producían los partos, se cuidaban los enfermos y se velaban los muertos en el seno de la familia; allí también se celebraban las bodas y se festejaban cumpleaños y fechas tradicionales. La familia era una escuela de sensibilidad y al tiempo que se compartían penas y alegrías se cultivaba el área emocional de cada uno. Y ello afirmaba los lazos intrafamiliares. Ahora instituciones y empresas se encargan de organizar los eventos familiares, y a ellos concurre cada integrante de la familia, como un consumidor de servicios. Muchas veces la intercomunicación en el reencuentro puede estar dificultada por equipos musicales a todo volumen que dificultan el diálogo.
En los espacios apropiados del hogar, tenían fotos de familiares en sus paredes o de personas admiradas por diversos motivos o imágenes de contenido religioso, que desde sus lugares se proponían como ejemplos o como apoyo emocional . Gradualmente esas imágenes fueron acompañadas primero y sustituidas después, por banderines y deportistas destacados. Con el paso del tiempo, ellos también fueron desplazados por «marcas»: imágenes y logotipos de poderosas empresas transnacionales. que no conformes con copar los mercados invadieron los territorios de los quinceañeros y se «enseñorearon» del lugar y de las preferencias. Las compras de ropas deportivas, de vestir, camisas, camisetas y calzoncillos, deben lucir, en lugar visible la correspondiente «marca». Da «status».
El diálogo intrafamiliar desaparece por los horarios de trabajo y estudio, no siempre aptos para contactos prolongados y porque el espacio es compartido con el siempre dispuesto televisor. Falta el entrenamiento inicial de la sensibilidad para compartir estados del alma en profundidad, no se aguza la sagacidad para descubrir el sufrimiento del otro, sus causas y cómo aliviarlo. En mi carácter de médico, en las visitas a domicilio, con frecuencia creciente vi enfermos cuyo entorno familiar le rodeaba mientras miraba televisión. Y vi enfermos con padecimientos intensos que sufrían su afección como una condena sin escape en que los más jóvenes «ordenaban»: ¿por qué no mirás un poco de televisión y dejás de pensar en tu enfermedad?» La primera vez que sentí ese «consejo» en una situación realmente dramática, quedé impactado y repasé mentalmente los «programas» de TV que podrían ser útiles para quien reclamaba contacto y trato humano para su angustia. Luego vi que esa imposibilidad de asumir la situación del otro, formaba parte de una cultura, la «cultura light».
La «cultura light» se generó especialmente en los niveles socioeconómicos altos de la cultura occidental. Luego por el influjo de las «clases altas» se pasó a visualizar en los estratos medios y medios-bajos (1) manifestándose por una tendencia a la frivolidad. Si en una reunión se toca un tema serio, lo más probable es que en seguida se le trivialice. La moda, es quien marca las pautas de comportamiento y es quien sostiene y alienta el consumismo continuamente azuzado desde todos los medios de comunicación que crean falsas necesidades. Se genera un hedonismo (*) dominante que encamina todo hacia el disfrute, en sus expresiones más superficiales. Las personas «light» no profundizan en ningún tema, sus opiniones sobre los distintos problemas que puedan agobiar a la sociedad, se expresan en forma de «lugares comunes» que recogen de revistas de moda, de diseño, de la actividad cultural tratada como espectáculo social para lucir el último «look», revistas en las que se tocan problemas graves, banalizándolos. La cultura light es alimentada por el bombardeo de inmenso acúmulo de noticias de muy poca utilidad, que no ayudan a ser mejor persona y que obnubilan la visión de la realidad circundante. Las noticias les llueven totalmente desprovistas de contexto, no tienen un antes ni un después, simplemente las cosas suceden, no se dan explicaciones sobre sus causas, ni el espectador se interroga al respecto. La televisión ha demostrado que se pueden mostrar los espectáculos más siniestros, las situaciones más trágicas «sin herir la susceptibilidad del espectador», es decir, sin que éste se sienta involucrado.
A este respecto dice Carlos Maggi (2) «hay factores que hacen que la gente se forme bien y hay factores contraculturales que hacen que la gente se forme mal. Los niños de la escuela son sagrados, están protegidos, la escuela es saludable para nosotros, pensamos que Varela es un héroe nacional, pero cuando salen de la enseñanza y de la instrucción, ese sujeto queda librado al medio ambiente que es bastante malsano, porque en vez de formarlo para bien en gran parte lo forma para mal. En esa formación para mal, la responsabilidad mayor es la de un medio que entra todos los días a la casa, las 24 horas y que a las 19 horas la gente se sienta a ver nada, lo que le den. Este círculo es peligroso y contrario a la finalidad democrática que es contar con grandes ciudadanos.» Ramón Legnani 1) Prof. Enrique Rojas, «El Hombre Light», Planeta, 1992. Enrique Rojas es catedrático de psiquiatría en Madrid. 2) Dr. Carlos Maggi, Primera Voz, en 1410, AMLibre, mayo 2007. (*) En el Hedonismo, el bien y el placer aparecen como valores equivalentes e intercambiables; para el hedonismo, el objetivo principal de la vida sería evitar todo dolor. |
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