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Centenario de Atahualpa Yupanqui PDF Imprimir E-Mail
jueves, 26 de junio de 2008

Centenario de Atahualpa Yupanqui

 por Martín Bentancor

La copla andaba perdida
por los caminos de Dios
y la volvió al Paraíso
la voz de un gaucho cantor.

Atahualpa se llamaba
 -criollo como no hubo dos-
hoy anda alegrando el Cielo
con su guitarra y su voz.

Gerardo Molina
 

Cuando el 23 de mayo de 1992, Atahualpa Yupanqui moría en París, se  terminó de consolidar una leyenda que había crecido a lo largo de los años, conformándose en uno de los mitos más importantes del folklore sudamericano.  Este año, al cumplirse el centenario de su nacimiento, la estela de su arte permanece vigente y tan lúcida como el momento en que vio la luz.

Los principales elementos que compusieron la existencia de Héctor Roberto Chavero - nacido en el paraje Campo de la Cruz, Pergamino, provincia de Buenos Aires, el 31 de enero de 1908 - están contenidos en el poema que, ya bajo el nombre de Atahualpa Yupanqui, dio a conocer como El payador perseguido. La importancia de su ascendencia para confeccionar su propia visión del mundo y la presencia del canto y de la música como una forma de entender la relación con sus semejantes, se refleja en el extenso poema que el propio autor grabara en 1972:

“...Gente de pata en el suelo
fueron mis antepasaos;
criollos de cuatro provincias
y con indios misturaos.

 Mi agüelo fue carretero,
mi tata fue domador;
nunca se buscó dotor
pues se curaban con yuyos,
o escuchando los murmullos
de un estilo de mi flor.

Como buen rancho paisano
nunca faltó una encordada,
de ésas que parecen nada
pero que son sonadoras.
Según el canto y la hora
quedaba el alma sobada.”

El contacto con la música, desde la primera infancia, intensificó a su vez el acercamiento a la creación poética. Cuando la familia se instala en Tafí Viejo, un pueblo de la provincia de Tucumán, Atahualpa comenzó a estudiar la ejecución del violín con el sacerdote Ricardo Rosaenz. Pero el curso se vio bruscamente interrumpido cuando el maestro descubrió a su discípulo tocando una vidalita. Posteriormente, cuando los Chavero se instalan en Junín, Atahualpa comenzará a estudiar guitarra con Bautista Almirón y a descubrir, entre las seis cuerdas del instrumento, que su destino no es otro que el de convertirse en cantor de los aires de su tierra.

En los continuos desplazamientos de la familia por distintos sitios de la geografía argentina, Yupanqui entró en contacto con todas las variantes musicales del folklore del país. Zambas, gatos, vidalas, chayas y chacareras, encontraron en su atento espíritu musical un cauce para convertirse en creación propia. Ese sonido personal, que lo convertiría en una de las voces más importantes de América del Sur, se complementa a la perfección con su poesía. Creaciones donde se descubre a un fino observador de la realidad, cronista destacado de los quehaceres del hombre de campo y las faenas campesinas, crítico de los abusos de aquellos que ostentan el poder para con los más desfavorecidos y atento a su principal inspiración: el viento. En su texto en prosa El canto del viento, Yupanqui invoca a los jóvenes cantores, y en definitiva a todos los jóvenes artistas, a lanzarse a la creación personal: “He escuchado a jóvenes cantores de hermosa voz y simpática apariencia entonando cantares de Brasil, de México, de Chile. No está mal, pero está mal. Es que no se han hecho amigos del Viento. No han aprendido la gran lección de los desvelados. La urgencia de vivir les va acortando la vida. Y  han de pasar por la tierra, sin haberla traducido”.

El payador perseguido puede ser leído como una autobiografía detallada del derrotero del hombre Atahualpa y, al mismo tiempo, como una exposición pormenorizada de su pensamiento. Así, lo vemos desfilar por una innumerable cantidad de trabajos (peón en un salitral, cañero, panadero, arriero, “pinche” de escribanía) y enfrentando una realidad compleja que le permite constatar una dolorosa verdad: el poderío del fuerte sobre el débil. El análisis de los hechos que debe enfrentar es explicado en su propia forma de pararse ante los mismos:

“Yo soy de los del montón,
no soy flor de invernadero.
Soy como el trébol campero,
crezco sin hacer barullo.
Me aprieto contra los yuyos
y así lo aguanto al pampero...”

A la forma de un nuevo Martín Fierro, en su extenso poema Yupanqui se vale del contexto histórico para definir a su personaje y es en la voz de éste, donde se encuentra el mayor logro de la obra. Entre las descripciones de sus penurias y alegrías, “el payador perseguido” va detallando una serie de observaciones que, a modo de sentencias o refranes, se han constituido, a lo largo del tiempo, en frases con vida propia. Ejemplo de ello son versos como “unos trabajan de trueno y es pa otros la llovida...”; “en todo puchero gordo, los choclos se vuelven marlos...”o aquella contenida en la primer estrofa de la obra: “en mi pago un asao, no es de naides y es de todos...”.

Autor de innumerable canti-
    dad de canciones y de
    libros que mezclaban poesía y reflexión en una delicada prosa poética, Atahualpa Yu-panqui fue más reconocido en el exterior que en su Argentina natal. Supo actuar en muchos países a lo largo de los cinco continentes y, en 1985, fue premiado en Alemania como autor del mejor disco grabado por un artista extranjero.

Este 2008, año de su centenario, Argentina celebra el “Año Yupanquiano” con homenajes, discursos y revisiones de toda su obra desde un montón de puntos de vista y aproximaciones. Sus canciones han sido versionadas por artistas de los mas variados géneros, desde el cantor criollo Ignacio Corsini hasta el grupo de rock Divididos. Su solitaria muerte en Paris, a los ochenta y cuatro años de edad, luego de actuar en un pequeño teatro, fue llorada por la comunidad artística y comentada por aquellos que ven en la muerte de un artista anciano una continuidad de los procesos naturales de la existencia y su entrada al panteón de la leyenda. Una leyenda que el propio Atahualpa avizoró desde su obra y que nada tiene que ver con los monumentos de bronces y los extensos y sentidos homenajes que terminan sonando huecos. Al final de El payador perseguido, el poeta les deja un consejo a quienes le escuchan y atienden su canto:

“Y aunque me quiten la vida
o engrillen mi libertad
y aunque chamusquen quizás
mi guitarra en los fogones
han de vivir mis canciones
en l’alma de los demás...»

La vigencia de esas canciones constituye, en sí misma, un homenaje al poeta y el cantor que pasó por la tierra con su sensibilidad y su guitarra atentas al devenir de las cosas para, finalmente, poder traducirlas y cantarlas.

Desde que empezó a dar a conocer sus poemas firmaba con el seudónimo de Atahualpa Yupanqui. La etimología de este nombre la dio él mismo: «Viene de lejanas tierras para contar algo» (Ata: viene; Ku: de lejos; Alpa: tierra; Yupanqui: narrarás, has de contar).

Algunas de las canciones más conocidas de las aproximadamente 350 canciones de su autoría registradas oficialmente son: La alabanza, La añera, El arriero, Basta ya, Cachilo dormido, Camino del indio, Coplas del payador perseguido, Los ejes de mi carreta, Los hermanos, Indiecito dormido, Le tengo rabia al silencio, Luna tucumana, Milonga del solitario, Piedra y camino, El poeta, Las preguntitas, Sin caballo y en Montiel, Tú que puedes, vuélvete, Viene clareando y Zamba del grillo entre muchas otras.

 
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