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jueves, 12 de junio de 2008 |
En el camino.
Está hecho.
No es propio de mi naturaleza acatar los designios de mi destino
sin un acto irreflexivo de rebeldía. Pero debí partir y aquí estoy; no
sé si enojado o asustado. O sintiendo temor y enojo al mismo tiempo.
Me quedé con mis libros más preciados, pero dejé muchos que me hubiese
gustado leer o releer. Guardé mi vida en la valija ordenando en sus
rincones cada cosa con cuidadosa desazón: ¡qué poco hay y cuánto
pesa!...
Anoche dormí poco. Adivinaba más que veía las paredes envejecidas, los
cuadros sombríos, los perfiles duros de los muebles de mi habitación.
Una sensación de añoranza adelantada, de desolación previa, me mantuvo
despierto en el espacio despojado de mis cosas y anónimo de nuevo aun
antes de que me fuera.
No necesité el despertador: me levanté cuando el cielo se volvía pálido
por el este y el silencio se tendía en la casa oscura. Me afeité
despacio, mirando atentamente mi cara redonda de facciones algo
asimétricas; no me detengo mucho en el espejo, pero en la madrugada
fría observaba la imagen de la superficie acuosa, preguntándome cuánto
he podido escoger haciendo uso de mi libre albedrío. Llegué a la
conclusión de que casi nada, cuando me corté apenas el mentón con la
hoja de afeitar.
Ahora, sentado en el asiento trasero del auto, busco mis recuerdos de
niño entre las telarañas de mi memoria. Si algo sobresale, es la serie
de días iguales, invariables en los pasillos del orfanato. Luego, los
años de estudio infatigable en pos de un objetivo a medias asumido, a
medias impuesto. Los primeros tiempos no controlaba mi carácter: mi
imaginación había volado tanto en las noches de soledad compartida,
cuando la respiración lenta de los otros niños me mantenía insomne, que
no podía acostumbrarme a cambiar un encierro por otro: Quería viajar,
escribir, tal vez enamorarme...
No me quejo. Aprendí a encontrar la felicidad del conocimiento en las
bibliotecas, a disfrutar el aire con olor a libros viejos suspendido en
el silencio casi absoluto, a discutir largas horas junto al fuego o bajo el cielo estrellado del verano, perdiéndome con mi interlocutor de turno en discusiones filosóficas interminables. Hice algunos amigos de los buenos en ese tiempo de intelecto inquieto; adquirí el hábito del mate (muy amargo y muy caliente) y el menos saludable de fumar. Aún activa el mecanismo de mi pensamiento un rincón silencioso en el que un libro, el olor de la yerba y el humo aromático se conjuguen en una atmósfera seductora. No es común que haga estas introspecciones. Generalmente me juzgo sin analizar demasiado los procesos que me llevan a actuar. Hoy aquí, agradecido del silencio que este hombre me permite mientras conduce, me veo desde una distancia objetiva, como si mirara a un desconocido a través de una ventana. Mejor así. No puedo autocompadecerme porque no he sido infeliz, ni destacar mis virtudes porque no sé si tengo alguna. La tarde cae y aparece el pueblo en una loma hacia el noroeste; parece luminoso y ordenado. Las calles angostas, arboladas, tienen olor a humo de leña; un perro mira pasar el auto con indiferencia; algunos hombres hablan en la esquina de un bar. Nos detenemos frente a la plaza vieja y adormilada y me pregunto si me habituaré a este lugar, si haré alguna cosa aquí por mínima que sea, que marque la diferencia, si alguien me recordará cuando deje otra vez muebles y libros, cuadros y horas de mi vida. Este amable señor baja mi exiguo equipaje. Miro la iglesia del lugar, sencilla y cruda con su campanario recortándose en el cielo color miel; frente a la ancha puerta de madera oscura, un grupo de mujeres conversa y me mira con curiosidad; una de ellas se aparta y se acerca al auto cuando me bajo con indecisión. Los grandes ojos me observan con cierta timidez analítica que turba un poco. _Bienvenido, Padre.
Último
Eleuterio Barboza se detuvo en una esquina; vio que las calles grises de adoquines viejos se tendían, como una cruz, hacia los cuatro puntos cardinales. Frente a sus ojos y varias cuadras más lejos, el sol comenzaba a pincelar de color cárdeno el cielo de occidente. Dejó el viejo bolso con las herramientas de albañil a un lado, aguzó el oído, olfateó el aire... Estaba perplejo: un silencio más palpable y más denso que el de las siestas domingueras de la ciudad, se tendía desde los patios prolijos sombreados de parras hasta el verdor lejano del campo ya visible. Los árboles permanecían quietos en el aire tibio de octubre; no oía ladridos, ni risas, ni radios encendidas... tan solo algunos pájaros entre el follaje. Hasta él llegaba el olor del río aún crecido por las últimas lluvias. Permaneció allí, de pie, observando extrañado el entorno desierto y carraspeó para escucharse a sí mismo; luego hurgó en el bolsillo del pantalón de trabajo y sacó el tabaco y las hojillas. Lentamente, sin apresurarse, armó un cigarro fino y corto sin dejar de mirar en busca de un atisbo de la vida de todos los días en la ciudad de siempre. Lo encendió con un fósforo que fue dejando consumir entre el pulgar y el índice de su mano derecha; pensó que si estaba soñando el dolor lo despertaría. Contuvo un grito cuando una llaga blanca y ancha se extendió en sus dedos gruesos y rugosos por el trabajo. Eleuterio miró la herida largamente antes de pasar la mano por el cabello corto y canoso: su tía Cándida le había enseñado a aliviar así el dolor de las quemaduras cuando era un niño, pero no sintió alivio alguno, de modo que aspiró el amargo humo del tabaco, tomó el bolso con la mano sana y continuó su camino. Una nostalgia irracional de su vieja casa, del recuerdo de la tía que lo había criado, del horizonte amplio y claro de su niñez, lo había obligado a no llegar a su hogar de los suburbios esa tarde. Se preguntó qué pensaría Alicia al sentir el paso de las horas y no verlo en la casa. Se prometió que volvería antes de que fuera noche cerrada y se lo explicaría; ella lo entendería: se había acostumbrado al afloramiento de sus recuerdos que se manifestaba en descripciones interminables de su vida de niño, las marchas a caballo a la escuela rural, el trabajo agotador de su tía en el campo de Márquez para mantenerlo y mantenerse... A veces la sorprendía mirándolo con una pena honda, silenciosa en los ojos estrechos y mansos; entonces ella daba vuelta la cabeza rápidamente y se afanaba en cualquier tarea, lo escuchaba y sonreía. Sí; Alicia era capaz de comprender que él quisiera ir hasta aquellas ruinas cubiertas de fresnos espesos, con el brocal del pozo ennegrecido y los yuyos altos en el que fuera el jardín de su tía. Poco a poco dejó de preocuparse por el silencio abrumador y la sorprendente quietud de la ciudad; apresuró el paso cuando la calle se fue transformando en un camino liberado que se perdía en las luces crepusculares más allá del curso del río. No sentía ya el dolor en los dedos cuando comenzó a oír el viento en los árboles y el agua que corría bajo el agrietado puente de piedra.
Dos altas y espesas higueras se abrían en el patio de tierra barrido con prolijidad; debajo, unos bancos largos de alto respaldo estaban ocupados por varias personas que hablaban en voz baja y miraban hacia la calle como si aguardaran algo. En la puerta de la casa blanqueada con cal, un joven y una muchacha susurraban entre sollozos ahogados. Un zorzal se empeñaba en un canto nítido en el aire claro de la noche próxima. El cielo se hacía traslúcido en tonos violáceos cuando un vehículo largo entró despacio por el sendero; los que estaban a la sombra de las higueras se pusieron de pie. Adentro no se habían encendido las luces; unas mujeres llorosas miraban al interior del cuarto en penumbras en el que se perfilaban pocos muebles sencillos. Sobre la cómoda, las azucenas blancas que perfumaban indiferentes desde un jarrón de arcilla, temblaban con el aire que entraba por la ventana abierta. La cabeza menuda de Alicia se agitaba en espasmos de sollozos convulsos sobre las manos del marido: lo había encontrado al regresar de su trabajo en el corredor sombreado de enredadera, con el bolso de herramientas a un lado y la rigidez tendiéndose por sus miembros fríos. Los gritos de la mujer atrajeron a los vecinos, que buscaron a los hijos y al doctor que vivía a unas cuadras; con dificultad, lo pusieron sobre la cama en la que ahora ella se deshacía en un callado desconsuelo mientras las lágrimas empapaban los dedos quemados, quizá en un vano intento de aliviar el dolor inexistente de la quemadura. En el piso del corredor se esparcían las cenizas del último cigarro de Eleuterio Barboza.
Curriculum Vitae.
María de los Ángeles García Marichal, nació en Canelones el 2 de diciembre de 1959. Creció en la zona rural de Los Cerrillos y luego se trasladó con su familia al área urbana, cuando ésta era aún una villa. Estudió en la capital departamental y en Montevideo. En 1979 comenzó a trabajar como profesora de Geografía en el liceo de la localidad, graduándose en el año 1985. Desde entonces ha desempeñado su actividad docente en varios liceos públicos y privados del departamento de Canelones y de la capital. Ha trabajado en diferentes proyectos educativos a lo largo de su carrera y su vocación docente corre paralela a la literaria. Lectora incansable, incursionó en la poesía en su adolescencia y su juventud, inspirada en el movimiento artístico propio de Los Cerrillos y apoyada por el poeta Gerardo Molina. Años después inició el camino de la narrativa, principalmente con cuentos cortos y ensayos breves. Uno de éstos, “La criolla oriental. Trascendiendo en el tiempo”, recibió la mención especial en el concurso literario que se efectuó en el corriente año en la Sociedad Criolla Dr. Elías Regules y cuyo jurado era integrado por prestigiosos escritores, entre ellos Santos Inzaurralde y Sylvia Puentes de Oyenard. Actualmente vive y trabaja en la ciudad de Las Piedras, pero permanece estrechamente vinculada a Los Cerrillos. Está casada con Hugo Bordahandy y tiene dos hijos: Micaela y Facundo Ma de Los Angeles Garcia Marichal
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