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Día del Libro PDF Imprimir E-Mail
jueves, 22 de mayo de 2008

Día del Libro


El libro crea una relación intemporal, interespacial y hasta interestelar, diríamos, por sus proyecciones cósmicas y su universalidad, entre el autor y el lector.
 Así,el destinatario de todo libro -el lector- es quien completa la obra, integra el diálogo, salva los puentes entre épocas y culturas.  El libro es un amigo intemporal y sincero.
   
  Y es necesario volver al libro, siempre.  Más allá de la importancia, la trascendencia, la vertiginosidad que suponen los medios tecnológicos en el área de las comunicaciones, debemos guardar un tiempo para la lectura.  Porque «leer -como afirma  Eduardo Martínez Rovira- no es un acto pasivo.  El lector participa, colabora, construye los puentes que vinculan las metáforas del lenguaje a la realidad.  El lector tiene que recrear, completar, intuir, anticipar, poniendo consecuentemente en funcionamiento todo un mecanismo de capacidad interpretativa e imaginativa.»
  Y tener el libro en nuestras manos, en una intimidad que tiene mucho de compañía, de fraternidad, de afecto, al tiempo que nos internamos en sus páginas, es un placer insustituible e insoslayable.  Y sobre la segura permanencia del libro, nos dice el chileno Antonio Skármeta (autor entre otros libros de «Ardiente Paciencia», novela que fuera llevada al cine como «El Cartero»):  «Llegó la hora de cerrarles la boca a los agoreros que proclaman la muerte del libro.  En un mundo donde la imaginación de los otros medios mostró ya fehacientemente sus límites al abarrotar la curiosidad de los espectadores con más de lo mismo, la alegría y la excitación de vivir se encuentra en la diferencia, en la originalidad, y en la libre energía mutua que se desencadena entre un libro y un lector.»

 Gerardo Molina

 Donde no hay libros hace frío.  
 Vale la pena para las casas, las ciudades, los países.  Un frío cataclismo, un páramo de amnesia.
  
 Poca gente tiene libros en sus casas, y no me refiero a la imposibilidad de comprarlos, sino de gente capaz de comprar un bidet de oro, todas las ovejas patagónicas y hasta una pelota con «Orteguita» incluido.  Otra gente no tiene libros en su casa o tampoco tiene casa donde caerse viva, y ése no es otro tema.  Son parejas formas de desamparo.
   Desde hace más de veinte años vamos a la Feria del Libro a buscar cobijo, como si viniéramos a la Antártida.  El público llega en malones, tanto de grandes como de niños, y ya no hay espacio que pueda contenerlos.
 La Feria es un gran conventillo donde vivimos felices por unos días. Acalorados y bajo techo.  Amuchados, apestando a choripán, hermanados en la noción de que no todo está perdido, mientras afuera en la estepa aúllan los lobos.

María Elena Walsh

Las nuevas tecnologías y a producción bibliográfica
 
«Llevamos muchos años profetizando el fin del libro y el triunfo de los medios electrónicos, como si los libros y los medios electrónicos fueran dos caballeros galantes compitiendo por el mismo bello lector en el mismo campo de batalla intelectual», estas palabras del docente y novelista argentino Alberto Manguel, radicado en Canadá, constituyen una significativa apertura para esta nota que pretende abordar la problemática del destino del libro ante el avance de Internet y los soportes ópticos (CD-ROM, DVD, ROM, etc.) en materia de creación, desarrollo y difusión de hechos culturales.

   La vieja discusión acerca del valor de lo real y lo virtual ha reverdecido en los últimos años como consecuencia del impacto, aún no digerido, provocado por la avasallante irrupción de la tecnología digital.  En el ámbito específico de la producción y consumo literario se ubican, de un lado, quienes sostienen que el libro es irreemplazable o, en otras palabras, el vehículo más eficaz para procurar el «encuentro» entre autor y lector; del otro, aquellos que, seducidos por las innovaciones y las posibilidades que ellas prometen, consideran al libro como una pieza de museo que ya no tiene nada que ofrecer.
  
Esta confrontación lleva, necesariamente, a plantear el siguiente interrogante: ¿es el libro solamente un objeto o, además -pero de manera esencial-, un concepto?  Despojar al libro de su fundamento conceptual supone convertirlo en fetiche, uno más entre los tantos que han proliferado en todas las épocas.  Por el contrario, privilegiar tan sólo su carácter abstracto conlleva al peligro de perder absolutamente de vista la función socio-cultural que le es propia.
   Entre ambas posturas, el libro (como un todo: concepto y objeto) sigue su curso adaptándose a los requerimientos de la realidad, en constante transformación.  Y así ha ocurrido desde que el papiro fue reemplazado por el pergamino y éste, luego, por el papel.  La invención de la imprenta que propició un explosivo aumento en el número de lectores, provocó, en su tiempo, la resistencia y el recelo por parte de las élites que se consideraban a sí mismas, únicas depositarias y detentadores del saber. Esto, hoy, nos resulta absurdo y hasta grotesco; sin embargo, también ahora asistimos a la desconfianza de sectores que, por desconocimiento o sentimentalismo, se niegan el acceso a la nuevas herramientas tecnológicas, ignorando que éstas pueden potenciar notablemente las posibilidades del libro, más allá de los soportes utilizados.

   Las grandes transformaciones que se suceden vertiginosamente en el campo de la tecnología generan la necesidad de una puesta al día de las concepciones filosóficas, morales y estéticas que han moldeado el devenir de la humanidad.  En este contexto, los agentes culturales ligados a la producción escrita deben interesarse en la reformulación de sus respectivas actividades para que la tan temida «muerte del libro» sea nada más que un slogan vacío.
  
Desterrar prejuicios, evaluar objetivamente las virtudes y defectos de estas transformaciones y capacitarse para la eficaz utilización de las múltiples alternativas surgidas a partir de ellas, son algunos de los desafíos que no deben dejar de afrontarse. Sólo así el libro no desaparecerá, ni siquiera como objeto; a lo sumo modificará sus formas actuales, haciéndose eco de los cambios que imponen los nuevos modos en materia comunicacional.  Por otro lado, papel y pantalla no son enemigos (así como la literatura no es enemiga del cine), ambos pueden coexistir sin detrimento de uno y otro y, más aún, complementarse para incrementar su proyección.  Finalmente, es importante señalar la enorme difusión que, para los autores, supone, por ejemplo, la presencia de sus obras en Internet, difusión que el libro tradicional, por sí solo, es incapaz de lograr.

Alberto de Mendoza
Roberto Miranda
 
(de Editorial Fojas Cero)
(Tomado de La Revista, Nº 22, Sociedad Argentina de Escritores, Córdoba, 2000)




 
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