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viernes, 16 de mayo de 2008 |
Se ahonda el misterio(Viene de número anterior)
¡ORO!
El hombre, un rubio alto, corpulento, de espesa barba, se asomó
a la puerta. En su rostro se notaba cierta inquietud. Al
observarnos, se tranquilizó de inmediato. Gerardo usó la llave de
siempre para abrir puertas: libros y folletos.
Yo pensé: “¿Sabrá leer en español?...»
Luego de escucharnos y realizar breves preguntas no tuve dudas, entendía perfectamente pero se expresaba con dificultad.
Llamó a su esposa que apareció de inmediato. Una sesentona
rubia, de ojos verdes, de estatura mediana, no muy agraciada pero
simpática.
Expusimos con la mayor claridad posible el propósito de nuestra
llegada a Valle Edén, les dijimos que sabíamos del recorrido que
realizaban por América y la larga estadía en el norte uruguayo,
describimos minuciosamente el aspecto físico de Iván Aarón y su
debilidad por todo lo relacionado con el pasado.
Ellos reflexionaron durante varios minutos, intercambiando a
veces palabras en alemán. Nosotros esperábamos ansiosos, aunque a
Gerardo lo noté abatido.
De pronto, el hombre exclamó, mirando más a su mujer que a nosotros:
-Sí, poder ser ese.
Luego nos miró y dijo:
-Es posible que fuese quien estaba en…en…en…
Se esforzaron varias veces pero no pudieron pronunciar el
nombre. Entonces la señora murmuró: “Espera, espera”. Giró y entró a
la vivienda. Regresó con un mapa de Uruguay y con el dedo señaló un
determinado lugar.
Observé que mostraba un punto en el departamento de Rivera. Me acerqué aún más y leí “Cuñapirú”.
Casi grité, cuando mirando a Gerardo dije: ¡Cuñapirú! Mujer flaca en idioma indígena.
Él me miró sin comprender.
-Gerardo, son unas ruinas hermosísimas, restos de lo que
posiblemente fue la represa hidroeléctrica más antigua de América del
Sur… sí, es posible que Aarón esté en ese lugar.
Como ruinas históricas no hay nada igual en el norte. Ahí está la cuna
del oro, de la riqueza o la miseria, de la esperanza o del pesimismo,
de la vida y la muerte, de la lealtad o la traición. Material sobra
para dos o tres novelas… ¡tendrá que estar ahí!
Mi amigo se contagió de mi alegría.
Nos despedimos del matrimonio teutón y regresamos a la ciudad.
Al día siguiente, a las nueve de la mañana, partimos hacia el
norte. La Ruta 5, insólitamente, mostraba escaso movimiento. Fui
señalando a miamigo poeta los accidentes geográficos más importantes. Al aproximarnos al Paso Manuel Díaz surgieron los enormes cerros mesas que dan el nombre a una vasta zona. Cruzamos el río, doblamos a la derecha y tomamos la antigua Ruta del Oro. El Miriñaque salió a nuestro paso con sus escarpadas cumbres rocosas de basalto gris. Los valles de un verde profundo, las curvas peligrosas, a veces mortales, los angostos hilos de agua, misteriosos y claros manchones en el suelo… tanto, tanto para contemplar. Desde una de las cumbres comenzamos a disfrutar del caudaloso Cuñapirú y del antiquísimo dique. Descendimos la profunda hondonada y penetramos en un camino casi oculto en la espesa vegetación. Comenzaba el capítulo más emocionante. Salimos al descampado, ante nuestros ojos aparecieron, enormes, silenciosas, magníficas, como espectros de un pasado glorioso, las ruinas de la represa que alimentó de energía las máquinas procesadoras del cuarzo aurífero e iluminó por primera vez una ciudad del norte: Corrales, capital del oro, de la riqueza, los juegos; donde llegaban los hombres buscando placer y las bellas mujeres venían desde Brasil, Francia, Polonia, Argentina a cumplir sus ilusiones. Lo nuestro en ese momento fue pasado y presente. Admirar la belleza que nos rodeaba y buscar a Iván Aarón. Comenzamos por los enormes caserones, viviendas antiquísimas de los magnates de esa época; casas que a fines del siglo XIX contaban con los mismos adelantos de las mansiones europeas. Minutos después supimos que ahí era imposible encontrarlo; el olor nauseabundo que escapaba de las madrigueras de los murciélagos era muy fuerte. Admirados de la magnitud de esas mansiones nos alejamos. Descendimos una treintena de metros la ladera. Nos aguardaban enormes columnas elevadas hacia el cielo como en una muda plegaria, grandes piletas de decantación, gigantescos galpones luciendo maquinaria en desuso y luego un auténtico laberinto de piedras areniscas, con entradas en arco, donde túneles angostos, húmedos y fríos se perdían en tinieblas impenetrables. A la derecha, las deterioradas esclusas de entrada; a la izquierda, la salida del agua. Y ruedas y más ruedas, poleas y más poleas, palancas, escaleras de hierro que llegan hasta elevados motores, generadores, interruptores de tamaño desmesurado, sótanos oscuros y misteriosos. Al final, un angostísimo puente penetrando hasta la mitad del arroyo. En cierto momento, mi amigo, que hacía funcionar una y otra vez la máquina fotográfica, desapareció. Desesperado lo llamé sin recibir respuesta. Se me formó un nudo doloroso en el estómago. Al fin su voz me llegó de las profundidades. Angustiado temí que hubiese caído en algunas de las aberturas del piso pues no todas tenían protecciones de rejas. De pronto surgió desde afuera, entre una tupida maraña vegetal, trepando con dificultad unas peligrosas barrancas. La alegría iluminaba su rostro. -¡Mirá, Juan! Encontré una piedra llena de pepitas de oro. Al observarla reí de buena gana. -No es oro, es pirita, llamada también « el oro de los bobos». Si quieres oro debemos recorrer alguno de los arroyos; con mucha suerte encontraremos algunas pepitas. Hay quienes viven de esto en la zona y procesan el oro en forma artesanal. -Mejor lo dejamos así, no hemos venido a eso -murmuró decepcionado. Luego de recorrer exhaustivamente cada rincón donde pudiera estar un hombre que buscase aventuras, incluyendo la zona de camping de la importante corriente de agua, observamos que la vivienda más alejada estaba habitada. Hacia ahí nos dirigimos. Un hombre de campo, de edad mediana, rodeado por cuatro niños, nos escuchó atentamente y luego dijo: -Alguien como la persona que ustedes describen estuvo tres días acampado allá, entre los galpones y la represa, pero desde mi casa, a tanta distancia, no puedo agregar ningún otro dato... ¿ comprenden? -¿Cuándo dejó de verlo? -Hace tres días; anocheció pero no amaneció. -¿Sabe de algún lugar cercano donde existan rastros del pasado? Mientras el hombre contemplaba a Molina sin comprender el significado de esa interrogante, exclamé: -Sí, sí, aún nos queda algo… Santa Ernestina y la ciudad fantasma. -¿Ciudad fantasma? -Luego te explico, ya la conocerás. Nos despedimos y partimos. Casi enseguida comenzamos a observar las altas torres de hierro de los aerocarriles que transportaban las piedras desde las minas hasta Cuñapirú. El recorrido fue breve. Primero una arboleda centenaria, donde se destacaban algunos ombúes con más de cinco metros de circunferencia y luego, surgiendo del pasado, apareció el centro más importante de la vida norteña en la época de esplendor. Enormes caserones, ocupando casi media manzana, nos remontaron, entrecerrando los ojos, a un mundo de riquezas, lujuria, traiciones, bailes, ruletas, muertes, can-can... joyas, cuchillos ocultos y prontos para ser usados, trabucos humeantes. Al mundo de los dueños del oro, de los nuevos ricos, de los pobres metamorfoseados por algunos años, al mundo del Coronel Escayola, el padre de Gardel, al de cientos de mujeres de América o de Europa que ofrecían su cuerpo y sus caricias a cambio de las doradas monedas que podrían asegurarle un digno futuro. Señalando con la mano hacia una loma, exclamé: -Observa, esa es la que yo llamo la ciudad fantasma, la de los vivos que ya no lo son, únicamente quedan ruinas invadidas por la maleza que nada perdona y todo lo devora. Y allí, en la hondonada, la ciudad de los muertos, la necrópolis con nombres en todos los idiomas. Pero, vaya paradoja, esa vive, ¡mira su blancura! Resplandece al sol como si en ella todo fuera vida. Un peón de estancia, que nos atendió cordialmente, aseguró no haber visto en los alrededores a ningún desconocido. Luego agregó: -Quienes pasan por acá son los mineros y con tanto trajinar casi los conozco a todos. Además la vestimenta es inconfundible. Al ver a mi amigo totalmente descorazonado, únicamente se me ocurrió invitarlo a visitar la mina de San Gregorio, ubicada entre la ciudad de Minas de Corrales y Santa Ernestina. Hacia ahí nos encaminamos. Ubicados en un elevado mirador contemplamos extasiados ese mundo mágico, desde donde, mes a mes, parten hacia Europa cientos de lingotes de oro avaluados en millones de dólares. Cerré los ojos y escuché. Un ruido permanente, infernal, me hizo creer que estaba ante una gigantesca ciudad, de esas que no duermen jamás. Y casi era verdad. En esas minas no hay detención, no hay domingos ni feriados. Son veinticuatro horas de trabajo continuo. Regresamos con la desilusión de no haber hallado a Iván, pero con las imborrables imágenes de un mundo desconocido para muchos, un mundo maravilloso, oculto entre cerros y oscuras arboledas, bañado por arroyos transparentes, rico en imágenes del pasado, pletórico de presente y con un futuro capaz de cambiar el curso de una caudalosa corriente de agua o mover de su sitio a una ciudad entera. Al día siguiente, sábado, Molina partió hacia Los Cerrillos. Se le veía triste por la infructuosa búsqueda. Sin embargo se notaba por sus palabras la admiración por la belleza avasallante y primitiva de nuestro norte uruguayo. ……............................................. El domingo por la noche suena el teléfono. Es Gerardo. Emocionado, casi gritando, me dice: -¡Juan, no lo vas a creer, Iván Aarón acaba de llamarme desde Santiago de Chile! .
Juan Segundo Sosa (Tacuarembó, abril de 2008)
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