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sábado, 10 de mayo de 2008 |
Se ahonda el misterio(Iván Aarón continúa sin aparecer)
(Continuación del cuento «La Historia se repite» publicado en esta página en dos entregas: 3 y 10 de abril)
Oí que golpeaban las manos en el frente de mi casa -carezco de timbre o llamador-. Me aprestaba a sestear media hora, antes de ir a la ciudad, razón por la cual no me hizo ninguna gracia el llamado. ¡Gran sorpresa! Era nada menos que Gerardo Molina. -¡Gerardo, tú por acá… vaya, no te esperaba… pasa, no te quedes ahí! Espera, te ayudo con la valija, siempre cargando kilos en exceso. -¡Libros y papeles , Juan, nada más! Luego de un prolongado abrazo y de las preguntas de siempre, fui a aprontar el mate. Al regresar, con el cimarrón espumeante y el termo en una mano y una bandeja con trocitos de salchichón y queso en la otra, el amigo entró de lleno en el asunto que lo había traído a Tacuarembó. -Estamos muy preocupados por la desaparición de Iván Aarón; el gobierno chileno ha tomado cartas en el asunto y su embajador entrevistó a las autoridades nacionales. Pero soy yo quién se siente más culpable porque yo fui quien lo trajo a Canelones; además lo estimulé cuando me manifestó el proyecto de llegar hasta ese famoso Cerro de los Ausentes. Por eso quiero buscarlo personalmente, sin embargo no podré hacerlo sin tu ayuda. -Gerardo, la policía lo ha hecho exhaustivamente, pero sin éxito. ¿Qué podemos hacer nosotros? -En Uruguay nadie lo conoce como yo. Podré encontrar pistas donde otros han fracasado. Es imposible desaparecer sin dejar rastros. ¿Me ayudarás? -Por supuesto, únicamente hay un pequeño inconveniente. -¿Cuál? -Deberemos viajar en moto, mi auto tiene serios problemas de dirección y recién lo recibirán en el taller la próxima semana. -¡Si todos los problemas fuesen como ése! Hasta a pie me desplazaría en su búsqueda. Una hora después, con sendas mochilas a la espalda, ya circulábamos por la Ruta 31; a veinte minutos de la partida, habiendo abandonado la carretera, tomamos un camino vecinal en muy mal estado. De inmediato avistamos el cerro alargado y de escasa altura, meta del viaje. Al llegar, iniciamos el recorrido. Primeramente caminamos por el campo cubierto de rocas basálticas y la piedra llamada comúnmente “arena frita”. Muchas idas, muchas venidas…nada. Entonces nos dirigimos en dirección al único arbolito que se veía en su cumbre pensando que era el molle citado por Aarón. En efecto, era un molle achaparrado, sediento de humedad en aquel roquedal inmenso. Luego de observarlo minuciosamente y buscar rastros en su cercanía sin éxito, realizamos cuatro recorridos desde ahí hasta el extremo norte. Nada, absolutamente nada. Entonces nos encaminamos hacia el sur, Gerardo por la cumbre; yo, por la ladera. Cada paso era seguido por minuciosas observaciones. Nos reunimos al llegar a un pronunciado declive. A un centenar de metros se observaban zanjones profundos de tierra negra y más allá, siguiendo un camino casi intransitable, un arroyo arbolado. Luego una cuesta pronunciada. -¿Hacia dónde conduce? -Al llegar a aquel enorme cerro mesa llamado “del Pastoreo” se bifurca; un ramal va a la ciudad y el otro a la cuchilla de Haedo; luego, por un camino divisorio, pasando por Santa Blanca, se llega a la Ruta 26. -¿Santa Blanca has dicho? -Sí, Santa Blanca, ¿por qué lo preguntas? -¡No haberlo pensado antes! ¡El viejo caserón donde nació Carlos Gardel! Ahí está nuestro escritor, procurando datos para alguna novela… habrá encontrado acá lo buscado y continuó hacia ahí. ¡Vamos! ¿Tu moto podrá circular por estos senderos? -Por este y otros peores… es una Yamaha. -Entonces partamos enseguida, se dice siempre que el tiempo es oro. Luego de llegar al Cerro del Pastoreo doblamos a la derecha. El camino, muy quebrado, nos fue llevando por campos carentes de poblaciones pero con espesa vegetación Íbamos trepando en forma permanente hasta que llegamos a la cumbre; ahí estaba el camino divisorio. Doblamos a la izquierda y aceleramos; el atardecer iba ascendiendo desde las profundas hondonadas. La soledad se imponía en esas cumbres donde el silencio lo llenaba todo… únicamente vacunos y ñandúes; las arboledas con su vida propia se veían a lo lejos, en las profundidades de quebradas distantes. Desde varios kilómetros antes ya se destacaba el alto mirador de la centenaria estancia. Mole inmensa, siniestra, donde el Coronel hacía llevar a los presos políticos y luego engrillar en las oscuras y profundas mazmorras. La portera de entrada estaba cerrada con una gruesa cadena y un fuerte candado. Penetramos a pie. Luego de llamar varias veces y aprovechar para tomar algunas fotografías, recién entonces apareció un hombre alto, delgado, de nariz aguileña. Vestía bombacha campesina y una camisa con manchas recientes de grasa de motores. -Soy Gerardo Molina, escritor canario, y busco a un colega procedente de Chile- dijo mi amigo, alcanzándole la agenda 2008 de HOY CANELONES y algunos folletos- Creemos seriamente que llegó hasta este lugar. -Acá no vino nadie, esto es una propiedad privada, nadie puede entrar sin permiso… y para tomar fotografías le aconsejo que lo haga desde la calle… se ve mejor. Para mejor información, si ustedes creen la historia de Gardel, visiten el museo de Valle Edén. Acá nada hay, ni ha llegado ningún extranjero. Vista la gentileza del propietario del lugar nos encaminamos hacia la calle. Mientras mirábamos por última vez el enorme y tenebroso caserón, testigo de tantas muertes y sufrimientos, recordé a María Lelia, la niña madre, también oculta, encerrada, casi prisionera entre esas enormes murallas. ¡Había que ocultar el gran pecado, el que nadie debía conocer y que, sin embargo, ahora todo el mundo sabe! De pronto, Molina, que había permanecido silencioso, se golpeó la frente y gritó: -¡Claro, como no nos dimos cuenta antes! Está en Valle Edén, recorriendo ese lugar paradisíaco y visitando el Museo. ¡Vamos rápido hacia allá que se nos viene la noche! A una velocidad casi al límite llegamos al paraíso norteño. La noche nos había envuelto en un manto estridente de pavas de monte, gallinetas y aleteos de aves regresando a sus nidos. Era un mundo nuevo, distinto al de la cuchilla árida. El museo estaba a punto de ser cerrado, pero la encargada nos atendió con total amabilidad. Escuchó nuestras preguntas y la descripción sobre Iván Aarón. Finalmente negó haberlo visto. Al ver la decepción pintada en el rostro de mi amigo, pareció recordar algo: -En la zona de acampar hay un matrimonio que ha estado viajando por todo el norte, son alemanes, de Hamburgo, apenas dominan nuestro idioma. Es fácil encontrarlos, poseen una enorme casa rodante, de color verde… de lejos parece un tanque de guerra. Ellos pueden haber visto a esa persona. Debido a que era imposible cualquier búsqueda por la noche, agradecimos el dato y durante una hora visitamos el museo más completo que existe en el país sobre el cantor tacuaremboense. ¡Y vaya si aprovechamos esa hora! Cuando nos despedimos, la señora, mirando a mi amigo, le dijo: -Tendrá que venir de día a visitarnos; hay mucho para conocer y admirar: El Pozo Hondo, la Cueva del Chivo, Los Galpones, el Cerro Verde, la antigua estación ferroviaria, los arroyos Jabonería y Tambores… una fauna imposible de enumerar y la flora exuberante como en las zonas tropicales; no se arrepentirá. Nos encaminamos al camping, a orillas del siempre rumoroso Jabonería, corriendo entre piedras blanquecinas y barrancas oscuras. Un largo y elevado puente colgante une ambas márgenes. Bajo la luz de numerosos focos no fue difícil ubicar el coche buscado. -Mirá, Juan, ya he perdido toda esperanza- fueron las palabras que oí de Gerardo antes de llamar. Continúa próximo jueves.
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